So Long, Marianne


Hay historias que parecen sacadas de una canción, y pocas lo son tanto como la de Leonard Cohen y Marianne Ihlen. So Long, Marianne (2024) nos lleva a la bohemia, a los amores complicados (los de verdad) y a las canciones que duelen... Esto va de pasión, desorden y ese tipo de relaciones que marcan para siempre.

Alex Wolff se mete en la piel de Cohen y clava la mezcla de sensibilidad y torpeza que le pega al personaje, mientras que Thea Sofie Loch Næss da vida a Marianne con una energía muy dulce. Y por ahí aparecen Anna Torv, Peter Stormare y Noah Taylor, que siempre es un placer y un plus, aunque aquí jueguen en segundo plano.

Visualmente, la serie cumple… y algo más. La luz del Egeo casi huele a sal y sabe a vino blanco, en contraste con otros planos, donde dominan el blanco, el negro y el gris de la resaca. Todo parece diseñado para despertar las ganas de largarse a una isla griega con una guitarra (aunque luego recuerdes que no tienes guitarra, ni talento, ni presupuesto para ello). La música hace lo que debe: envolver sin empalagar.

El ritmo es pausado, casi contemplativo por momentos, pero si conectas, es de esas historias que permanecen rondando en la cabeza, como una letra de Cohen en un día de lluvia. No es una serie para devorar con ansias, sino para dejar que cale. Al final, es una historia de amor, nunca perfecta; a veces te pierdes, a veces te encuentras… y aquí hay mucho en lo que perderse y en lo que encontrarse.

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