Barcelona ochentera, Sabina, whisky barato... y 'Sinatra'


Sinatra (1988) es como mezclar en una coctelera los amores imposibles de Casablanca con los personajes desquiciados de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. El resultado es una tragicomedia almodovariana con sabor a decadencia, donde el glamour de Frank Sinatra se diluye entre los bares y una pensión del Barrio Chino, entre vasos de Duralex y luces de neón averiadas.

Alfredo Landa se come la pantalla en este retrato de un imitador de Sinatra que vive en un universo a medio camino entre la carcajada y el drama. La amplia banda sonora de Joaquín Sabina sirve como un narrador musical perfecto, mientras la Barcelona preolímpica, sucia y melancólica, es el escenario ideal para este cuento de soledades compartidas. 

El filme es una cápsula del tiempo con imágenes en color de una ciudad que ya no existe, un lienzo sobre el que Sabina, al lado de Pancho Varona, hace expresamente la banda sonora (magistral) de esta película, una joya musical inédita que, meses más tarde, fue usada por el propio Sabina en su disco "El hombre del traje gris" (1988).

Sinatra es un cóctel único de humor y tragedia, una película que se ríe de sus personajes al tiempo que los abraza con cariño. Con una interpretación magistral de Alfredo Landa y con su banda sonora se convierte en un artefacto nostálgico, divertido y profundamente humano. Un Sinatra que canta entre aplausos de borrachos y lágrimas sinceras.

"Sinatra" es un imitador de Frank Sinatra que canta en locales mediocres, mientras su vida personal se desmorona. Abandonado por su mujer, acaba recalando en una pensión del Barrio Chino, con más de un personaje estrafalario como compañía. Allí, alterna noches como portero nocturno con sus intentos de recuperar algo parecido a la ilusión, apuntándose a un club de amistad por correspondencia, el Tinder analógico de la época.

La película de Francesc Betriu navega entre el humor absurdo y la melancolía descarnada. Landa brilla con esa mirada perdida y esos ojos llorosos que logran arrancar una risa amarga. Escenas de barra de bar y recorridos nocturnos por Barcelona. Lugares que hoy ya no existen con música de Sabina y chupitos que casi consiguen que el alcohol cure las penas. 

Manuel Alexandre aporta ternura como Manolo, el amigo fiel, mientras Maribel Verdú, aún en ciernes, le da un toque fresco y algo naïf al desvarío general. Luis Ciges está inconmensurable en su papel, desternillante y esperpéntico, como "El lagarto", el dueño de la pensión donde cohabitan Sinatra y Manolo. Y hasta Ana Obregón hace un papel correcto (y algo más, para los que busquen segundas lecturas), que ya es mucho. 

Por cierto, el cameo de Joaquín Sabina al inicio y al final del film es absolutamente impagable.

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