Black Mirror: Hotel Reverie (mi Casablanca también está aquí)
Me encanta Casablanca, me encanta Bogart, me encanta Sam al piano y toda esa gente en su garito cantando la Marsellesa. Es historia del cine, y esto es un homenaje actualizado: me encanta que ahora sea una mujer, que sea lesbiana, que sea negra y que esté empoderada... y está muy bien que sea así.
Un homenaje con distopía romántica que entra por los ojos y se queda en la cabeza. El arte no se conserva en una vitrina, sino dejándolo respirar, reinterpretando, sintiéndolo como algo nuevo... Esta versión no borra a Bogart ni a Bergman: les tiende la mano y sigue la música de Sam hacia otros corazones.
Hotel Reverie mezcla el glamour del cine clásico con existencialismo cuántico (si es que eso existe), como si Casablanca se hubiera liado con un episodio de Black Mirror. ¿No es eso lo que ha pasado, en el fondo? Y además, el resultado funciona.
Issa Rae y Emma Corrin tienen una química peculiar, como dos imanes que van girando. No sabes si van a besarse, discutir o marcarse un duelo de miradas con banda sonora… Una es como si estuviera de after en un bar cutre de Brooklyn; la otra parece salida de un fotograma de los años 40. Y juntas… ¡chispa!
Hay mucho que masticar: el tiempo, la identidad, el libre albedrío, la memoria, el cine dentro del cine… Pero todo encaja. No abruma. Más bien flota con elegancia, como un cóctel de nombre impronunciable o un chupito de bourbon en el garito de Sam.
El romance cumple, pero es más una excusa narrativa. Lo que gana puntos es el envoltorio para las reflexiones, visualmente delicioso, emocional y con un regusto a clásico que no caduca. Al final, sobresale el homenaje al cine, que es un vehículo para todo lo demás... y está muy bien que sea así.
Nota: A, de amor de cine, literalmente.



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