EL FINAL ES EL PRINCIPIO
Alguien se ha acordado de cuando el cine de verano era aquello a lo que íbamos, hacíamos cola, la previa duraba más que el metraje de la peli y salías encantado. David Robert Mitchell lo ha hecho transformando un trozo de barrio random de los 80 en el escenario de la 'Twilight Zone'. No hay demasiada coherencia ni explicaciones complejas, ni lo necesita: hay dinosaurios, tensión... y hay una familia que, como en los mejores clásicos de Amblin, se enfrenta a la extinción como puede, como debe y como se espera, afrontando lo imposible. Un ejercicio con alma de serie B que prioriza la emoción sobre el efecto. Es rápida, disfrutona, le encanta jugar y es, por encima de todo, honesta. Mitchell solo quiere que pasemos 90 minutos de cine-espectáculo evasivo... y lo clava. Es artesanía cinematográfica que te deja exactamente el regusto ochentero que esperas. No es un «mega» nada y tiene mucho de homenaje. 'El final de Oak Street' no es un espejo —aunque se refleje— de Jurassi...









