Spider-Noir: blanco y negro o coloreado no es el dilema


Es un detalle poder elegir entre los matices del cine negro clásico o dejarse llevar por ese colorido de la viñeta nostálgica setentera... pero el blanco y negro o el coloreado no es el dilema.

Se agradece que, por una vez, una serie de superhéroes no parezca un anuncio de la próxima fase de un universo cinematográfico hipertrofiado. Esto no es el Spider-Man oficial de Marvel, ni falta que le hace; es una anomalía radioactiva que prefiere mirar a los clásicos de la Warner antes que a los manuales de autoayuda del multiverso.

Visualmente parece una delicia artesanal. La composición de los planos está meditada para que las sombras se parezcan bastante a un homenaje de la rancia aristocracia del cine negro.

En el centro de este brebaje han colocado un Nicolas Cage desatado, componiendo un Ben Reilly que es un glorioso Frankenstein conceptual: un 40% intenta una especie de sobriedad cínica a lo Humphrey Bogart (y soy generoso con el porcentaje, lo sé) y un 30% del descaro caricaturesco de Bugs Bunny; el resto es libre albedrío pasado por el tamiz del algoritmo, si eso es posible.

Es un experimento loco, divertido y con una personalidad desbordante que se toma su delirio con un compromiso admirable.


¿Dónde está el truco para evaluarla por debajo de un 8/10?

En que, si rascamos el suntuoso envoltorio de color y blanco y negro, tal vez la historia criminal que sostiene el guion no dejará de ser la enésima versión de la misma vieja fábula de justicieros neoyorquinos de siempre.

No será una serie redonda, pero sí un refrescante ejercicio de estilo que, al menos, intenta abrir otros melones visuales y tonales en un género que ya olía a cerrado.

Y sí, sabremos el truco, pero igualmente lo compramos y lo disfrutamos.

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