Ash-tmosférica, pero sin gravedad


Flying Lotus se atreve de nuevo con el largometraje y nos lanza al espacio profundo con Ash, un ejercicio de ciencia ficción atmosférica que busca ser intensa, existencial y estéticamente perturbadora. Y aunque lo intenta y le pone voluntad, acaba más cerca del intento que del impacto. 

Eiza González se mueve por un planeta solitario lleno de cadáveres y malas vibraciones, hasta que aparece Aaron Paul, y uno no sabe si fiarse de él o salir corriendo. La tensión está ahí, se supone... pero, entre bostezo y bostezo, nunca termina de explotar. 

Hay un intento de desarrollo sensorial: presunto diseño sonoro inquietante, efectos visuales y una dirección que sabe crear mal rollo. Pero el guion se queda en un collage de referentes: Solaris, Aniquilación, Under the Skin, un guiño a Alien… todo agitado. Y el resultado es más una sangría barata que un cocktail. 

Hay ideas sugerentes, pero sin desarrollo. Hay momentos potentes, pero se diluyen entre simbolismos que parecen más confusión que profundidad. El resultado flota entre lo onírico y lo desconectado, dejándote en tierra de nadie, a medio camino entre la intriga y el aburrimiento.

Si eres fan del sci-fi experimental y estás dispuesto a navegar entre brumas, puede que encuentres algo... o directamente salgas corriendo. El riesgo asumido de la película está ahí, pero es un envoltorio vacío. Si buscas narrativa clara, emoción o personajes bien construidos, quizá este planeta no sea el tuyo.


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