¡WALTER BISHOP, ADÓPTAME!
Fringe es una serie que, sin entrar en spoilers, puede requerir algo de paciencia al principio. Los primeros capítulos de la primera temporada no dejan entrever el increíble viaje que te espera, y es fácil pensar que estás ante una especie de versión de serie B de Expediente X..A mí me costó engancharme al inicio, pero, una vez superados esos episodios introductorios, la serie despega por completo a partir de la segunda temporada. Desde ese momento, te embarcas en un viaje apasionante y único que se mantiene sólido a lo largo de las cinco temporadas.
Las interpretaciones de Anna Torv y John Noble son simplemente magistrales, mientras que Joshua Jackson aporta un notable alto. La química entre estos tres protagonistas es uno de los grandes pilares de la serie, logrando que te enamores profundamente del trío central, aunque tampoco hay que restar mérito al excelente trabajo de los personajes secundarios.
Fringe tiene esa maravillosa mezcla de ciencia loca, emociones intensas y humor involuntario que solo una gran serie de culto puede ofrecer. Hay capítulos que te dejan con la mandíbula en el suelo, otros que te hacen mirar al vacío pensando en el sentido del universo, y alguno que directamente te hace gritar “¡Walter Bishop, adóptame!”. Es ese tipo de serie que empieza como un experimento de laboratorio y termina siendo una lección sobre la condición humana… con levitación, universos paralelos y empanadas. El guion sorprende constantemente con giros brillantes, la dirección es impecable y las actuaciones elevan la serie a un nivel excepcional.
Y su despedida... la forma de cerrar la última temporada es (sin entrar en spoilers) pura épica y poesía, dejando una sensación de plenitud por lo disfrutado, pero también una profunda tristeza y vacío por la ausencia que deja. Fringe no es solo una serie, es una experiencia que marca.




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