Muchos huesos. Poca piel. ¿El funeral de una saga?
¿Pero esto qué es?
Si el título no empezara por “28 (lo que sea) después” y fuera una película aislada en su propio contexto, la crítica sería otra muy diferente. Pero no lo es, y la hago sobre lo que se supone que es —o lo que no es y nos dicen que es—: una parte del universo de 28 días después. Así nos lo venden y se queda en secuela de la entrega anterior, que ya tenía poco que ver con la saga —y ahora menos todavía—.
La última entrega me acabó generando muchas dudas, y ahora las dudas empiezan a dejar de serlo: esta nueva expansión está mucho más cerca de ser un spin off… pero muy muy «off», que una secuela coherente.
Este viaje lisérgico es más un reflejo de sí mismo que algo que entronque remotamente con la saga original de Boyle y Fresnadillo. Simplemente, no conecta con ella: no la desarrolla, no la respeta, se inventa todo y encima espera que aplaudamos mientras Ralph Fiennes hace teatro heavy metal y Jack O’Connell se pasea como el hijo del diablo en plan bufón endemoniado.
Han cogido la marca 28 Días Después, le han puesto lentejuelas de colores, peluca, heavy metal (entre otros géneros), unos cuantos flashbacks, han subido la violencia a tope y nos dicen: “Tranquilos, es coherente”. Spoiler: no lo es.
Secta, cruz al cuello y fe ciega.
La anterior entrega parecía el prólogo de algo que aún no entendíamos, y esta cumple su función como nexo de unión entre los episodios de esta nueva trilogía al mismo tiempo que se aleja de la saga original. Amplía el lore y se cierra dejando la sensación de que todo va hacia algún sitio, aunque por ahora ese camino se reduce a potencia visual, liturgia y un montón de huesos.
Si 28 años después te pareció rara, prepárate: esto ya es secta heavy, cruz al cuello y fe ciega. El apocalipsis continúa… pero ahora tiene dogma y arquitectura ósea.
El templo de huesos es literal, simbólico y estéticamente muy flipado. Infectados, pero ahora con homilía. El tono vira hacia el culto (místico y cinematográfico), y la estética recuerda las luces rojas de Mad Max pero en modo random y con poco sentido. Lo llaman secuela, pero es una impostura en forma de delirio místico, pandillero y postapocalíptico, con un punto telenovelesco que no sabías que querías (o no querías).
Punki y sin red
La dupla Garland (guionista cerebral sobrevalorado) y DaCosta (directora visualmente competente) podría haber funcionado, a priori, pero la cosa no se aguanta. DaCosta se lanza sin frenos con lo que bien podría ser una herejía o una genialidad… o ambas, o ninguna, que es lo que resulta. Y no es culpa suya: bastante hace con la escritura de guion que le dan.
Ni siquiera la presencia magnética de Ralph Fiennes y su Dr. Kelson, gurú apocalíptico e iluminado de pesadilla, logra dar la necesaria "piel" a su esqueleto. Jack O’Connell hace de Jack O’Connell y se desata como teólogo sectario en modo psicópata hiperbólico… y Alfie Williams sigue dando tumbos en plan protagonista accidental.
El resultado: imágenes potentes, una estética premium —cruda, sangrienta y a ratos atmosférica—, una estructura algo más coherente que la anterior (tampoco era difícil), una fumada argumental considerable… y ese regusto persistente a que algo está germinando aquí y seguimos sin saber qué es. Todo aliñado con una capa mística que nunca termina de cuajar.
Si le pillas el gusto al apocalipsis y al folk horror dramático servido con incienso, sangre y marketing, puede que te sirva, no digo que no… y esto es lo más positivo que puedo escribir. No cierra nada. Lo abre todo. Y lo deja palpitando con una mezcla de épica, sátira y ritual macabro muy divisivo. Mística y huesos para no llegar a ningún destino.
Entre la mística y la chapuza
Sigo pensando —como ya comenté en la crítica de la entrega precedente— que esto es una trilogía “en construcción” que, supuestamente, pretende ampliar la saga —o, al menos, le han puesto el mismo nombre— pero el problema es que, a estas alturas, no termina de saber qué quiere ser. No amplía nada más allá de sí misma, y la supuesta “relevancia temática” que despliega —naturaleza del mal, extremismo religioso, individualismo vs. colectividad y derivados— funciona más como adorno discursivo que como verdadero desarrollo.
¿Cómo te voy a querer? Estando flaca como estás
Y ya puestos a ser "creativos" con la parte musical, me he acordado de aquel mítico tema de Manolo García y Quimi Portet (cuando en 1984 eran Los Burros), cambiando algo el orden de la estrofa: “Porque eres huesos, huesos. Tú eres sólo huesos, unidos por muy poca piel. ¿Cómo te voy a querer? estando flaca como estás…”. Espero que se entienda la metáfora; por si no he sido claro, la explico: ni mejora lo suficiente, ni avanza ni retrocede; solo deambula.
Como folk horror posapocalíptico aporta honestamente cosas al género. Diferente es y arriesgada casi también, pero entendida como lo que nos venden —una extensión de la saga— se parece bastante a un truño como un puño: comercial, eso sí, y rentable muchísimo… pero un truño con envoltorio premium. Muchos huesos y poca piel esperando que, en la próxima entrega, alguien encienda la luz… o mejor, una antorcha con mucha gasolina.
Iron Maiden, calaveras y lecciones de Historia
La anterior entrega era un sinsentido consciente, que lo dejaba todo abierto. Esta continúa la historia donde se quedó, pero resulta bastante más convencional. Se ve más fácil, arriesga menos y, en su intento de vender una mística transgresora y provocadora, acaba rozando la autoparodia. No basta con tirar de fuegos artificiales para sostener la saga.
No basta con la violencia, el gore sangriento a borbotones —literalmente—, la estética y el humor negro.
No basta con la “coreografía” entre Samson y el Dr. Kelson al ritmo de “Ordinary World”, de Duran Duran: una boutade posmoderna donde el nivel de delirio es tan alto que cuesta procesarlo dentro de la propia película… y ya puestos a hacer coreografías y "videoclips", podrían haber usado "Thriller" de Michael Jackson, con el “Alpha” y el resto del reparto como figurantes con pose, para dar más categoría al evento y echarnos unas risas.
No basta ver a Ralph Fiennes pasado de rosca en otro videoclip —pero este literal y brutal— de Iron Maiden. “The Number of the Beast” nos regala un momentazo delirante y cómico, previo al “anticristo crucificado”: imágenes potentes que no evitan la sensación de que a Garland y DaCosta se les ha ido la película de las manos.
No basta con el “extended cameo” final de Cillian Murphy en su cabaña, impartiendo lecciones de Historia sobre la República de Weimar y el fascismo en Europa, mientras el mundo se desmorona fuera de su ventana. Jim cierra la función con un cliffhanger de manual, dispuesto ante la idea de ayudar a los nuevos protagonistas... y se agradece el cierre, aunque lo realmente difícil será ayudar a salvar esta trilogía del caos en el que se ha hundido.
El balance acumulado es un despropósito estético y narrativo que termina de dinamitar lo poco que quedaba del legado de Boyle y Fresnadillo en esta nueva trilogía, donde la atmósfera opresiva de la saga original —y todo lo demás— parece que ni está ni se la espera… muy poca piel bajo tantos huesos.
Sigue siendo un edificio en construcción, y habrá que ver si las piezas terminan en su sitio… o si acaban desparramadas como restos de un esqueleto mal ensamblado.
* Lo mejor: Ralph Fiennes y Jack O’Connell.
* Lo peor: Que se llame "28 años después" solo para vender entradas.





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