El último Upside Down (o cómo ordeñar la nostalgia)
Netflix abre la puerta del backstage de Stranger Things como un bálsamo de urgencia para superar el duelo tras el cierre en Hawkins. Es el epílogo oficial, se supone; pero también un lubricante para que los engranajes de la franquicia sigan girando sin chirriar mientras nos cocinan el siguiente spin-off o cualquier otra extensión de la marca que decidan vendernos. Este documental es precisamente eso… y no han tardado nada en empezar.
Lo que vas a encontrar: un “detrás de las cámaras” disfrutable, que reconoce el trabajo de quienes han estado picando piedra para recrear los años 80 y el Mundo del Revés; ofrece entrevistas a los hermanos Duffer sobre el proceso de escritura y sus problemas, sus referencias... explica cómo se gestó el fenómeno global y cómo ha evolucionado el reparto; incluye imágenes reales del rodaje —platós, decorados, vestuario,VFX, localizaciones...— y, claro, llegado el momento, te deja ver las lágrimas cuando la serie se cierra.
Lo que no vas a encontrar son cuestionamientos incómodos ni una gran profundidad en los debates narrativos o industriales —ni Netflix se va a pegar un tiro en el pie ni dos horas dan para tanto—. Si buscas algo así, casi mejor date una vuelta por las críticas de la página de la Temporada 5 en FilmAffinity. Lo que propone la directora, Martina Radwan, es otra cosa: un masaje cómplice envuelto en papel de regalo.
Un “caramelo comercial” puesto en manos de Radwan, que viene de documentar la psique de Žižek o la crudeza social de Saving Face, para hacerlo en el universo de los Duffer. Es un salto, pero Radwan logra que un producto industrial de consumo rápido respire, por momentos, como cine documental. La directora confiesa haber disfrutado el encargo —y quién no, con un presupuesto gigante y un cheque con varios ceros—; lo cierto es que cumple, consiguiendo que un making of de fan service parezca un viaje genuino a la cocina emocional de la serie.
El documental ofrece lo que dicta el algoritmo: lecturas de guión, análisis sentimental de la quinta temporada, el reto técnico de sus escenas clave y la autopsia narrativa de su final. Los Duffer, fieles a su ADN, optan por “no hacerse daño” en un cierre puro Netflix: calculado para dejarte tocado, pero no hundido, mientras se impone la nostalgia ochentera del “grupo unido frente al abismo” que premia la lealtad. Radwan mezcla todo esto y casi te hace olvidar que, al final, estás comprando una expansión publicitaria.
El relato prefiere lucir el músculo técnico con adobado emocional antes que admitir que el guion de este cierre ha sido un campo de batalla entre aciertos visuales y debilidades narrativas. Al final, el documental es como el propio final de los Duffer: una maniobra impecable para que no se hable de las grietas de una temporada que ha sido, cuanto menos, irregular. Paradójicamente, la quinta temporada, con todos sus peros y lo divisivo, resulta mucho más honesta que su making of. Nos venden la épica del rodaje para que no le demos vueltas a si el banquete realmente ha estado a la altura de la espera.
Al final, Hawkins se cierra, pero la maquinaria se queda en stand by, lista para funcionar cuando sea requerida. Este documental es el recordatorio de que, en el streaming, nada muere del todo si todavía se puede seguir ordeñando la vaca. Si eso lo tienes asumido, pasa y disfruta del viaje al backstage, porque, aunque es breve, es lo más cerca que estaremos del Upside Down antes de que intenten vendernos la próxima parada del universo expandido.



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