Los viejos rockeros nunca mueren
Star Trek: Picard no es solo una serie, es un homenaje al capitán más icónico de la Flota Estelar (y también a TNG). No es casualidad que Jean-Luc Picard sea el único capitán que ha conseguido su propia serie en la línea temporal principal (dejemos la línea Kelvin aparte). Su figura representa los ideales de Star Trek en su forma más pura: liderazgo, humanidad, sabiduría y el constante desafío de ser mejor. Esta serie, dividida en tres temporadas con enfoques muy diferentes, logra despedirlo con la grandeza que merece.
Picard es un viaje en tres etapas. La primera temporada explora la melancolía del tiempo pasado, las pérdidas y los nuevos comienzos, mostrándonos a un Jean-Luc retirado, vulnerable y reflexivo. La segunda entrega, con su trama de viajes en el tiempo, recuerda al espíritu de aventuras como Star Trek IV: Misión: salvar la Tierra o Primer contacto, combinando reflexión con acción y dilemas morales. Y la temporada final es pura épica, una carta de amor a The Next Generation, con el regreso de la tripulación original y una trama llena de giros, emoción y nostalgia.
Con la primera temporada, Picard deja claro que no va a ser simplemente una extensión de TNG. Nos encontramos con un Jean-Luc retirado, marcado por las decisiones del pasado y con más dudas que certezas. Este tono melancólico funciona bien, especialmente en los momentos más emotivos, como su reencuentro con Riker y Troi. Esa visita a su hogar es un regalo, un abrazo cálido que equilibra el peso emocional de la trama.
Sin embargo, hay decisiones que dejan un sabor amargo. La muerte de Icheb, aquel joven borg rescatado por Siete de Nueve en Voyager, es un golpe brutal que parece innecesariamente cruel. Lo mismo ocurre con Hugh, el primer borg con individualidad que conocimos en TNG, cuyo potencial narrativo se desperdicia con una muerte abrupta. Estas pérdidas, aunque impactantes, parecen más golpes de efecto que decisiones narrativas bien pensadas.
Lo que sí brilla es el homenaje a Data. Su despedida es uno de los momentos más conmovedores de toda la serie, tratada con una delicadeza que le hace justicia. El giro final, con Picard renaciendo como un sintético (o androide, como prefiero llamarlo), puede resultar controvertido, pero encaja con el mensaje trekkie de sacrificio y renovación.
La segunda temporada cambia de tono y nos lleva al año 2024, en una trama que podría ser perfectamente un episodio ampliado de TNG. Aquí hay ecos claros de películas como Misión: salvar la Tierra y Primer contacto, con los personajes trabajando para corregir un evento en el pasado que amenaza el futuro.
Seguimos explorando el lado más humano de Picard, enfrentándolo a los traumas de su infancia y a las decisiones que le han moldeado. De esta temporada me quedo con Q, en su despedida final (y su relación con Picard), y también con la Reina Borg, cuya dinámica con Jurati, da lugar a uno de los arcos más interesantes.
La tercera temporada, que es todo lo que un fan de The Next Generation podría desear, es un homenaje absoluto, una celebración de la tripulación original en su máximo esplendor. Ver de nuevo el Enterprise-D surcando el espacio, con toda la tripulación al mando, es un momento que pone los pelos de punta. Cada mirada, cada gesto, demuestra el cariño y la complicidad que siempre han definido a esta tripulación.
La trama de la temporada es brutal de principio a fin. Centrada en los Borg y la revelación de Jack Crusher como hijo de Picard, equilibra perfectamente la acción y la emoción. Los giros de guión y el enfrentamiento final con los Borg son espectaculares
Star Trek: Picard no es perfecta, pero cumple con su misión principal: despedir al gran capitán Jean-Luc Picard y hacer un homenaje a TNG (la serie que lo cambió todo) con dignidad, emoción y a la altura de su legado. Es una serie que mira al pasado con respeto, mientras nos recuerda por qué seguimos explorando el futuro.
Larga vida y prosperidad.





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