Una fábula de harina y esperanza
Las marismas de Mesopotamia y el paisaje urbano de Bagdad se mezclan con la sencillez de la infancia y los sentimientos crudos, capaces de explicar situaciones de extrema dureza con un minimalismo emocional que te va calando.
Mientras veía a Lamia emprender su búsqueda de harina, huevos, levadura y azúcar, me metí de cabeza en ese viaje; comprendí que era toda una odisea encajada en poco más de cien minutos de metraje… y que el amor y la amistad podían sostenerla.
Hasan Hadi construye la narración con un estilo casi desnudo, evitando cualquier exceso melodramático. Ni falta que hace.
Cada plano está donde debe; la fotografía es impecable y transmite sensaciones que permanecen en la memoria mucho después de los créditos. Se nota que conoce y ha vivido todo lo que cuenta, y esa experiencia imprime un equilibrio imposible entre la crítica política, la sociología, la poesía visual y la humanidad que habita en cada gesto.
Esta fábula de dos amigos, un gallo y una abuela, podría haber sucedido en El Lazarillo de Tormes y, aun así, conservaría la misma esencia. La mirada de Lamia, que no puedo quitarme de la cabeza, convierte lo vivido en épica. No puedo olvidar esos ojos que dicen tanto…
Es una película atmosférica y sensorial que habla desde el corazón sobre lo valioso que es encontrar esperanza.



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