Los pies en el barrio y el grito en el cielo


En El 47, Eduard Fernández encarna a Manolo Vital, un conductor de autobús que desobedeció órdenes para llevar el transporte público hasta Torre Baró, uno de los barrios más olvidados de la Barcelona de los años setenta. Vital no era un héroe convencional ni un político profesional; era un vecino comprometido, un militante de su barrio que entendió que la dignidad no se pide, se ejerce.

Uno de los mayores logros de El 47 es la integración de su banda sonora como un elemento narrativo esencial que, junto con el uso de imágenes reales de archivo entrelazándose con las secuencias recreadas en un formato semi-documental, aporta autenticidad y profundidad histórica. Estas transiciones, sumadas a una cuidada caracterización física del entorno, transportan al espectador directamente, tanto al centro urbano como a los barrios periféricos de una Barcelona marcada por la desigualdad. La fotografía refuerza este realismo, mostrando tanto la crudeza como la resistencia de quienes habitaban esos lugares.

Destaca el buen trabajo de Clara Segura como Carme, la esposa de Manolo Vital, interpretado por un Eduard Fernández enorme. Zoe Bonafonte, en el papel de Joana, la hija de la pareja, ofrece un contrapunto generacional, equilibrando dulzura y firmeza en una actuación que complementa a la perfección a los protagonistas.

No sobresale en su capacidad para representar las tensiones políticas y sociales del tardofranquismo. La trama, situada en 1978, plantea de manera efectiva los conflictos y esperanzas de una sociedad en plena transformación, eso es incuestionable. Pero se podría argumentar que la visión de este periodo es demasiado dulcificada, sin profundizar del todo en las tensiones políticas y sociales que marcaron aquel momento. No obstante, hay que entender que El 47 no pretende ser una película de Ken Loach; su enfoque está más centrado en el individuo y su entorno inmediato que en una radiografía exhaustiva del sistema.

La película revive los años de lucha y militancia de no hace tanto, un tiempo de calles, batallas cotidianas y valores que definieron nuestras vidas. A finales de los setenta y principios de los ochenta, la militancia era algo tan concreto como pegar carteles, defender espacios verdes o reclamar derechos básicos como los semáforos o la educación. El filme te transporta a esos días de construcción, tanto social como personal. Los pies en el barrio y el grito en el cielo (con permiso del maestro Sabina).

A inicios de los ochenta lo del 47 todavía estaba fresco y por entonces Manuel Vázquez Montalbán dijo algo en una charla en los barracones del IB Sant Andreu de Nou Barris : “Hay muchos afiliados que no son militantes y muchos militantes que no son afiliados. Es más importante la militancia que la afiliación”. Esa frase, entonces abstracta, cobra todo su significado en la figura de Manolo Vital.

La fuerza de El 47 radica en su autenticidad, en cómo conecta las luchas del pasado con los retos del presente. Hoy, en la misma Barcelona, la vivienda es el nuevo frente. Los contratos de temporada revientan precios, restan derechos y encubren alquileres turísticos fraudulentos. Los barrios se vacían de vecinos para llenarse de turistas, mientras la especulación convierte los hogares en mercancías. Los Airbnb de hoy son los 47 de ayer.

La película es mucho más que un homenaje a Manolo Vital. Es un recordatorio urgente de que la militancia sigue siendo esencial. Porque, en un mundo donde lo esencial se mercantiliza, El 47 nos inspira a luchar por la dignidad, empezando por nuestros barrios, nuestras calles y nuestras acciones. Un filme poderoso, urgente y necesario que conecta la memoria colectiva con las luchas que todavía quedan por ganar.

La banda sonora es corta pero tremendamente efectiva. Canciones populares como "Los dos gallos" se contraponen a la delicadeza de "Rossinyol, que vas a França", subrayando la riqueza cultural y el mestizaje que define la identidad de la película y un reflejo de las luchas sociales y del encuentro entre distintas raíces, dignificando especialmente la cultura charnega en el contexto barcelonés.

El uso de la música alcanza su punto álgido en la emotiva escena final, donde las notas de Rossinyol resuenan como un canto de resistencia y esperanza. En contraste, los momentos de tensión se acompañan de temas más terrenales como Los dos gallos, subrayando la conexión entre lo colectivo y lo íntimo. La banda sonora, en su conjunto, funciona como un vehículo emocional que amplifica los momentos clave de la historia.

Otro de los elementos destacados es el excelente trabajo con los extras, que añade un gran nivel de realismo. Un ejemplo sobresaliente es la escena en el comedor de las cocheras, cuando el jefe de los conductores exige que se delate al responsable del daño en un vehículo. La dirección de los extras en su lenguaje no verbal —como los breves pero expresivos gestos a lo largo de toda la toma de un conductor anónimo, sentado en la primera mesa, que se gira cuando el jefe les empieza a hablar—, refuerzan la tensión y la autenticidad de la escena.

Lo mismo ocurre en la secuencia dramática del incendio, donde la crudeza y el caos se plasman con una intensidad que atrapa al espectador. Por otro lado, la escena final, cuando el autobús sube hacia Torre Baró, adopta un enfoque más simbólico. Si bien carece del realismo de otras secuencias y puede parecer más cercana al videoclip de una romería, logra transmitir un mensaje de esperanza y celebración colectiva que encaja con el espíritu de la película.

También existen licencias y olvidos. La decisión de convertir a Joana en la hija de Manolo Vital es un claro ejemplo. En realidad, Joana es su nieta, hija de su hijo Manuel Vital, quien además colaboró en el desarrollo del filme. Sin embargo, visto el resultado dramático y artístico, esta licencia narrativa puede considerarse un acierto. 

Por otro lado, la película opta por no reflejar la militancia sindical y política de un Vital que actúa de manera individual, casi fruto de un impulso espontáneo. En la realidad, la acción de llevar el autobús 47 a Torre Baró fue parte de un movimiento colectivo, organizado y profundamente ideológico. Vital era, además de un dirigente vecinal, militante del PSUC y de las todavía clandestinas Comisiones Obreras (CCOO), aunque en la película no se haga referencia explícita a ello.

En cualquier caso, El 47 logra combinar con sensibilidad el drama humano con el retrato social, construyendo una obra que trasciende el homenaje a las luchas vecinales de los años setenta para dialogar con las problemáticas actuales. Su capacidad para conectar pasado y presente se transforma en un recordatorio poderoso de la importancia de la acción colectiva frente a las desigualdades.

Aunque su visión de la Transición puede parecer algo edulcorada, el filme no pretende ser una simple denuncia política, ni mucho menos un biopic riguroso. En esencia, es un reconocimiento emotivo a la fuerza de la comunidad y a quienes, como Manolo Vital, entendieron que la militancia, como decía Manuel Vázquez Montalbán, es más importante que la afiliación. Una película conmovedora y necesaria.




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