Verdad sin anestesia


"Infiltrada en el búnker" es muchas cosas: un chute de ética contra la crueldad, lo que no nos cuentan o no queremos saber. Es verdad sin anestesia. La realización técnica y narrativa es excelente, capaz de transmitir la crudeza con una precisión implacable, desde el respeto y sin caer en el exhibicionismo ni el amarillismo. Pablo de la Chica firma un trabajo de dirección impecable, y Goize Blanco le da carne y alma a Carlota, creando un personaje que respira verdad. 

Después de verla, escribir la crítica y puntuar desde el corazón ha sido un impulso a bocajarro, visceral, imposible de contener. La mayor dificultad ha sido encontrar un título que refleje los sentimientos. "Infiltrada en el búnker" es un documento tan demoledor como necesario, impecablemente realizado y dramatizado, que golpea de lleno la conciencia al mostrar el precio real detrás de nuestra sociedad de consumo y del primer mundo en el que vivimos.

Desde el inicio, no se esconde: toma partido, conectando con referentes históricos de la lucha por los derechos civiles como Davis, Parks, Goldman o, en el ámbito animalista, Goodall. Y no es casualidad que las cite: esto no es un fanservice de animalitos para quedar bien, sino un relato coherente, intenso y profundamente documentado que pone sobre la mesa la relación entre derechos civiles, movimientos sociales y nuestra responsabilidad ética como depredadores que causamos dolor a otros seres sensibles.

Es lo que hay. Una dosis de dureza imprescindible si reivindicamos la humanidad entendida como primates racionales que hemos alcanzado la ética, y esencial para atreverse a mirar de frente las atrocidades que cometemos —o permitimos que se cometan—. Torturar a quienes no pueden defenderse solo para acumular más dinero es incompatible con cualquier aspiración real de justicia social hacia nuestra propia especie.

Este documental va de cara, sin concesiones, y solo por eso merece un 10 y un agradecimiento enorme: por atreverse a infiltrarse en el búnker de los horrores, con nombre y apellidos, en un laboratorio ubicado en Madrid. Y por no caer en la autocomplacencia política ni quedarse en un panfleto sentimental: la Comunidad de Madrid permitió que, meses después de clausurarse, el laboratorio Vivotecnia siguiera con esta masacre repugnante.

Pero hay esperanza. Porque el cine también está para esto.

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