Fronteras que matan
Ficción con fronteras
En los 80, Miguel Ríos cantaba aquello de “es terrible la vida en la frontera”. Hablaba del mundo, de las divisiones, de los muros. Pero justo entonces, aquí al lado, había otra frontera que también dolía: la del terror, la del silencio, la del “mejor no hablar de eso”. De esa frontera va esta serie. De heridas, de memoria colectiva y de un legado que no deberíamos olvidar. Solo por eso, ya merece existir.
La Frontera es una teleficción: una fabulación con trasfondo histórico real, basada en hechos que podrían haber ocurrido perfectamente. Pero es ficción, aunque también ayuda y sirve para la reflexión. Esta miniserie arranca en 1987 con una bomba a punto de explotar —literal y metafóricamente— cuando ETA se plantea cruzar una línea interna: ¿deberían atentar también en Francia, su retaguardia segura? Aunque ganan los que dicen que no, un grupúsculo decide saltarse las reglas y monta su propio plan. Y ahí empieza todo.
Mucho más que un thriller sobre ETA
Esto no es solo un thriller intenso sobre terrorismo. Hay sociología, política, dilemas morales… y un amor imposible en medio del caos. La serie toca un ángulo poco visto: la etapa en que Francia empieza a colaborar con España contra ETA. Y, desde ahí, explora un terreno donde las fronteras no son solo geográficas, sino ideológicas y personales. El resultado es una historia potente que mezcla el peso del pasado con un relato bien sostenido que te agarra y no te suelta.
Tanto el entorno de ETA —su organización interna, dinámicas, tensiones políticas— como el contexto de las fuerzas de seguridad, especialmente la Guardia Civil, y el clima político de la época están bien documentados y representados. Igual que la recreación del entramado operativo de los terroristas y el tratamiento del drama de las víctimas y sus familias... Todo eso se cruza con una historia de amor a lo Romeo y Julieta, pero con Guardia Civil y pasado etarra de por medio. La serie consigue que las piezas encajen y el conjunto huele a realidad desde el primer episodio.
Historia potente y reparto sólido
La dirección de Yolanda Centeno y María Pulido es muy solvente, capaz de equilibrar la tensión narrativa con la dimensión emocional. Y el conjunto funciona también gracias a un reparto que lo sostiene con un gran trabajo de interpretación.
Javier Rey construye un Mario con capas, tensión interna... y un punto encantador de ingenuidad para ser un capitán del servicio de información de la Guardia Civil. Itsaso Arana, proyecta una magnética Izaskun; Vincent Pérez, lleno de química, da vida a Léon, un bon vivant policial con una retranca espectacular; Rebeca Matellán, enorme, clava a una Edurne oscura y brutal; Enrique Guaza encarna a un Jon desencadenado... y el resto del elenco suma, sigue y acompaña con solidez, a base de personajes bien definidos, con los matices que tocan para que todo respire.
Paisajes y zonas grises
La producción está cuidada y el guion tiene sustancia (sin dar sermones ni sentencias, que es de agradecer), con actuaciones que tienen cara y ojos... La fotografía y la ambientación están bien resueltas, y la factura es más que correcta. Rodada en multitud de paisajes urbanos y rurales bien integrados —San Sebastián, Getaria, Hondarribia, Irún, Marsella, Biarritz, Madrid, París...—, la serie aprovecha con inteligencia sus localizaciones reales para reforzar la credibilidad del relato.
Los personajes y los ambientes están bien dibujados, trabajados y llenos de aristas y contradicciones. Lo mejor es que nadie está completamente limpio ni completamente sucio. Aquí hay grises. Muchos. Y eso, tratándose de una serie que se atreve con uno de los temas más sensibles de nuestra historia reciente, es un logro enorme.
Los cinco episodios, de unos 47 minutos cada uno (sin contar los créditos ni los resúmenes previos y posteriores), están bien aprovechados: son intensos, directos y el ritmo no decae. También hay una cierta tendencia a lo telenovelesco en la trama, y clichés y arquetipos certeros —víctimas y verdugos—, pero todo está bien construido, encaja y fluye. Además, el uso natural y nativo de varios idiomas —español, francés y euskera— me parece un acierto que aporta verosimilitud sin que nada suene impostado.
Ni perfecta ni repetida, pero muy disfrutable
Es de esas series (casi una película disfrazada de miniserie) que te invitan a pensar, pero también te engancha y funciona como thriller. Perfecta no es: a veces recurre a fórmulas algo genéricas o se permite algún giro estrambótico… pero aun así, lo que plantea y cómo lo cuenta la hacen más que recomendable.
Si te gustaron Patria, La línea invisible o La infiltrada, apunta esta. Pero no esperes lo mismo... No repite caminos, es otra cosa: aporta diversidad en el enfoque, en el tono y en el registro. Hay heridas que solo se cierran si nos atrevemos a mirarlas, aunque sean ficcionadas y las cicatrices se queden ahí.



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