DEL CORTIJO AL OLOR A DUCADOS, WINSTON DE CONTRABANDO Y CARAJILLO
Ya lo clava desde antes de parir la idea en el giro de volante de El Marqués.
La primera entrega se ahogaba en el sudor y el silencio cómplice de Los Galindos —aquel país de señoritos y terratenientes que parecía no querer avanzar nunca—. Esta versión de 1985, como el país, emigra y cambia de escenario y de vida: nos quita el polvo de la oliva y nos mete de lleno en el Madrid del humo en las redacciones, el alcohol barato y la policía que aún conservaba los vicios (y las placas) del régimen saliente.
El paso de la tragedia rural al noir urbano sobre la sombra de El Nani le sienta bien. Resucita el imaginario de aquella España quinqui que en su día retrataron Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma a base de realismo social, violencia, asfalto y los grises de la legalidad (los jurídicos, por un lado, y los funcionarios literales, que pasaron del gris al marrón y repartían los mismos palos).
La investigación de Onofre no se limita a sumar sospechosos y pistas: respira en un entorno donde la vulnerabilidad social y la desconfianza hacia las instituciones lo empapan todo. Porque de eso va también el viaje.
En aquellos años la democracia escribía garantías y derechos en el papel, que se quedaban ahí cuando pateabas las calles y nada protegía a los que vivían en la cuerda floja. Funciona porque no busca la espectacularidad vacía ni el morbo barato del true crime, sino que tiene textura de teleficción histórica bien parida.
Onofre sirve otra vez de testigo incómodo en una España que presumía de moderna mientras seguía barriendo la basura donde no se ve, pero acaba oliendo. Un thriller seco, bien ambientado y con el pulso suficiente para recordar que nuestra crónica negra urbana no necesita mirarse en el espejo de nadie.
Te da lo que esperas o al menos lo parece, que ya es mucho. Lo que tiene de teleficción histórica y textura bien hecha cumple para conocer el pasado reciente y sumergirse en un thriller potente.
No hay más preguntas, señoría.




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