EL FINAL ES EL PRINCIPIO


Alguien se ha acordado de cuando el cine de verano era aquello a lo que íbamos, hacíamos cola, la previa duraba más que el metraje de la peli y salías encantado. 

David Robert Mitchell lo ha hecho.

90 minutos de pura artesanía spielbergiana, donde un trozo de barrio cualquiera se convierte en el escenario de la Twilight Zone más visceral.

No hay demasiada coherencia ni explicaciones complejas: hay dinosaurios, tensión... y hay una familia que, como en los mejores clásicos de Amblin, se enfrenta a la extinción como puede y como debe, a golpe de ingenio y corazón.

No es un «mega» nada y tiene mucho de homenaje. 'El final de Oak Street' no es un espejo —aunque se refleje— de Jurassic Park: es la película que Jurassic Park 3 soñó ser.

Un ejercicio de serie B con alma que prioriza la emoción sobre el efecto. Es rápida, es juguetona y es, por encima de todo, honesta.

Mitchell no quiere salvar el mundo, solo quiere que pasemos 90 minutos de cine-espectáculo evasivo. Y lo clava.

Artesanía cinematográfica con alma de serie B que te deja exactamente el regusto que esperas. Te recuerda por qué te enamoraste de este tipo de cine noventero.

'El final de Oak Street' es el principio, porque te lleva donde empezó todo.

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