Landon ya no vive aquí
'La casa de la pradera' vuelve, pero lo hace desde el lugar donde siempre estuvo: no va a recuperar el gran western cinematográfico de la frontera americana, sino un icono televisivo de los años 70 profundamente ligado a la nostalgia y a una determinada visión tradicional de Estados Unidos.
Una revisión de una serie que forma parte de la memoria televisiva de varias generaciones. Una cápsula de nostalgia. La nueva versión es una delicia estética y tiene ese aire acogedor de hogar, familia y chimenea encendida. La pradera parece limpia, ordenada... aunque la vida de los pioneros fuera bastante más dura.
La serie cambia la nostalgia reconfortante y de tintes religiosos de Landon por un drama histórico de supervivencia familiar, pero no se mete frontalmente en las contradicciones de aquella época, aunque tampoco se le puede echar en cara considerando la línea de la referencia original y de lo que representaba, una celebración de los valores tradicionales de la América profunda.
El filtro moral de Michael Landon ya no está ahí. La nueva adaptación de las novelas de Laura Ingalls Wilder se contempla desde una sensibilidad actual, introduciendo conflictos, diversidad y una revisión de aspectos que antes quedaban en otro plano.
Los pueblos indígenas pasan de ser algo casi decorativo a formar parte del núcleo del relato y existe una cierta intención de respeto antropológico y realismo histórico, aunque —sin entrar en spoilers— a veces se perciba algo forzado y algún personaje no sea creíble.
En el fondo, la serie sigue hablando de la misma idea de siempre: la del individuo que intenta construir su propio destino lejos de las estructuras establecidas, apoyándose en el esfuerzo personal, la fe y los lazos con su comunidad. Un imaginario cultural muy estadounidense. Como cualquier producto cultural, también refleja la sociedad de su tiempo.
Funciona para regresar, porque es uno de esos sitios a los que no se vuelve por lo que cuentan, sino por cómo te hicieron sentir.


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