Stranger Things 5 ¿Algo habrán hecho bien?

 

* “Amigos no mienten.” — Eleven

Fin de trayecto. Hace unas semanas escribí esta crítica sobre la base de la primera entrega y ahora, con la temporada finalizada, mantengo la tesis: Stranger Things se cierra como el monstruo televisivo que es: imperfecto, irregular, divisivo... y combinando músculo comercial con alma nostálgica. No busca reinventarse, sino despedirse siendo coherente con todo lo anterior. 

Dicho esto, quiero compartir las sensaciones encontradas que me ha provocado esta temporada final. El primer volumen crea una expectativa potente: un preludio que, estirando y estirando, acabas disfrutando… y te deja asomado al abismo, con la impresión de que lo gordo está por venir. Después, el volumen 2 tropieza y ves que todo eso era un espejismo. Por suerte, la sangre no llega al río y el episodio final resuelve, aunque no te quitas la sensación extraña de montaña rusa.

Y yo estoy aquí, a las cuatro de la mañana, dando vueltas al final definitivo, intentando poner en orden la crítica para escribir algo coherente.

Más allá del Funko

Desde julio de 2016 nada es igual: ni la serie, ni el mundo, ni nosotros. Podríamos dar una patada nostálgica y decir que los Duffer tienen un ataque de amnesia creativa, pero no: la realidad es más compleja que eso y la primera temporada fue un chute de terror teenager, atmosférico y lleno de nostalgia ochentera que no se puede clonar nueve años después.

¿La temporada tiene sus problemas? Por supuesto. No todos los episodios corren al mismo ritmo, y los primeros capítulos dejan la sensación de prólogo XXL, como si los Duffer hubieran rodado un “extended universe” solo para calentar. En realidad, están aprovechando el arranque para colocar tensiones que después —más bien tarde— estallarán. Primero alimentan el músculo… y después golpean.

Los personajes y las tramas están dispersos, y se asumen ¿riesgos? en la producción: el metraje dilatado —¿era realmente necesario?— o la apuesta por la épica de puro impacto que, aunque sume, recorta la profundidad… y también la división en entregas, que, más que un “riesgo”, es una estrategia comercial tan pura y dura que casi pide un plano detalle de la cuenta de resultados.

¿Algo habrán hecho bien?

Pero no nos cortemos las venas todavía: fortalezas también las hay. La cultura pop ochentera sigue funcionando y la nostalgia sigue presente, pero no solo como una excusa para venderte otro Funko. La serie se expande a partir de todo lo anterior y es consciente de que ya no se trata solo de monstruos oscuros, universos paralelos o agujeros de gusano, sino de cuánto cuesta mantener unido al grupo. La pandilla crece, sufre, discute, se quiebra… y siguen. La coralidad del reparto continúa siendo una virtud y también una dependencia.

En lo técnico hay poco que objetar: buena realización, fotografía y banda sonora —nunca podré agradecerle lo suficiente a esta serie su forma de tender un puente entre la cultura musical pop y rock de los ochenta y quienes vienen detrás—; VFX y CGI solventes. La ambientación sigue siendo detallada e inmersiva, aunque ya no sorprenda. El presupuesto y el tiempo invertido se notan.

Llegados a este punto, recurrimos al comodín de la transversalidad generacional, que sigue siendo un salvavidas. Los actores han crecido; los personajes también… y el público, claro: quienes la empezaron como niños son ahora adolescentes, los adolescentes se han hecho adultos y algunos adultos ya juegan en la liga sénior. En ese viaje compartido, las tramas se han ido expandiendo en paralelo… y hasta aquí hemos llegado.

Vecna huele a ciénaga premium

Hawkins vuelve a transformarse en un tablero de Risk ochentero, entre el thriller sobrenatural y la geopolítica fantasma con ecos del presente. 

Vecna continúa siendo un villano de verdad, no un arquetipo: tiene presencia, tiene historia y un arco potente que promete, evoluciona y —después de dar unos cuantos tumbos— acaba cumpliendo y cerrando un ciclo que ha sostenido el peso de la historia. Entendemos cómo se formó y vemos la lógica de su pensamiento. Nos dejan ver que podría haber sido otra cosa, y también que no es infalible, tiene sus costuras, su punto de torpeza… y justo por eso funciona.

¿Redención sí o no? Vecna, como villano "auténtico", no pide perdón, no lo necesita y es imposible redimir a quien no renuncia a lo que cree, pero que ese debate exista ya es una victoria narrativa de la serie. Humanizar no es justificar, y derrotarlo —aunque el precio sea doloroso— es mucho más potente que perdonarlo.

Final XXL

Los cuatro capítulos del primer volumen te dejan con un cliffhanger de manual y la sensación de que el viaje épico está ahí mismo. El segundo volumen queda lejos de esa expectativa: irregular, intenso a ratos, previsible, inconcluso, desenfrenado… por momentos parece una película final extendida disfrazada de miniserie. 

Después el cierre lo apuesta todo a una carta única: Duffer en estado puro, un “todo o nada” en el clímax, que pone sobre la mesa un mega-blockbuster final en modo “evento planetario” y no deja indiferente: emotivo, intenso, catártico… donde las piezas se colocan para culminar la historia desde el principio. Un chupito después del postre.

Más allá del debate sobre si el viaje ha necesitado demasiadas alforjas —o no—, el hecho es que la saga ya ha cumplido y está amortizada: desde el punto de vista comercial, absolutamente; y como cine y televisión, también. Mejor acabar que repetirse como el ajo… y, si el algoritmo lo permite, ya habrá una puerta abierta en forma de spin-off. Los caminos de la industria son inescrutables, pero eso ya será otra historia. 

Stranger Things apaga la luz, cierra la puerta y se despide exhausta. Hemos transitado por algo que —con sus fortalezas y debilidades—, además de ser una máquina de hacer dinero, ya es una parte icónica de la televisión reciente. El viaje se ha acabado.

Y, sí... a pesar de todo, al final "friends don’t lie".

Nota final: el factor Amblin y el “vuelo de la bicicleta” (spoilers)

Se ha hablado mucho del final antes incluso de conocerlo: quién iba a morir, cómo se cerraría la historia o si el desenlace sería un golpe seco o un bálsamo con masaje. Tras tanto ruido, no quería cerrar esta crítica sin detenerme en “The Rightside Up” y en el sentido de este final y, claro, eso solo puede hacerse destripando los hechos en la parte de spoilers. Vamos a ello.

Al final, los Duffer eligen “no hacerse daño”. El desenlace tiene todo el ADN Netflix: calculado, reconocible y diseñado para dejarte tocado… pero no hundido, más bien todo lo contrario. El “sacrificio” de Eleven —muy distinto a la muerte como daño colateral “con sentido” de Kali— busca el impacto emocional. La maniobra es clara: Eleven se acaba convirtiendo en un mito “vivo” pero oculto, dejando la puerta abierta para que la maquinaria de spin-offs, extensiones de la franquicia —o lo que sea que nos quieran vender—  siga girando.

Pero no es tan simple, y en este cierre también hay una convivencia difícil entre la coherencia creativa y la estrategia de mercado, porque en este negocio nadie regala nada... y los Duffer han firmado, desde el primer episodio, una carta de amor al cine de Steven Spielberg y Joe Dante. En ese universo —el universo Amblin—, el dolor no es un fin, sino un peaje. La serie es fiel a su naturaleza hasta el final: Amblin como escudo narrativo.

Hawkins queda herida y el epílogo —además de reconectarnos emocionalmente con la serie desde su origen— nos muestra que, mientras unos cicatrizan, otros cargan con un vacío mucho más pesado. Sin embargo, la narrativa prefiere la esperanza a la depresión: el grupo “cree” que ella está ahí fuera —hasta nos enseñan un plano de Once, caminando libre y anónima rodeada de naturaleza salvaje—, y tras ver a la nueva generación retomando el tablero en el mismo sótano, se cierra la puerta como empezó todo… y el cierre circular es perfecto.

Este final podrá parecer un mega-blockbuster diseñado por algoritmos, pero es la catarsis que la serie se ha ganado tras nueve años de viaje compartido, con subidas y bajadas. ¿Se podía esperar algo diferente? Sabemos que esto no es ni Black Mirror, ni la ruleta rusa de Game of Thrones. La catarsis es necesaria: como la bicicleta de Elliott en E.T., el final de Stranger Things busca la elevación. 

La oscuridad de Vecna y el Upside Down no tenían opción, no por un guion complaciente, sino porque la narrativa de los 80 siempre premia al grupo que se atreve a enfrentar lo imposible.

El cierre es coherente y el músculo técnico, con su adobado emocional, está ahí, pero no borra que la temporada final haya avanzado por un campo de minas divisivo, entre fortalezas y debilidades narrativas. Los créditos finales, con estética de novela gráfica y trazos de cómic ochentero, dejan el buen sabor de boca que el mercado exige —y sabrá aprovechar—, pero que también encaja con todo lo visto. El truco lo conocemos y, aun así, lo disfrutamos.

Se cierra la puerta. Se apaga la luz.

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