La, la, la memoria que se canta
Cuando hablamos de memoria colectiva no todo va a ser cine político, sociológico y sesudo. No todo tiene que ser Ken Loach, Amenábar, Isabel Coixet o Fernando León de Aranoa... También es perfectamente posible hacer cine con memoria sin ponerse trascendente, en clave de comedia ligera costumbrista y esta miniserie, llena de buen rollo y alma pop, lo demuestra.
Pepe Coira y Fran Araújo han hecho un trabajo más que solvente: una ambientación cuidada, el uso dosificado de metraje de archivo —real o simulado mediante estilización retro y blanco y negro con formato documental— que contextualiza sin lastrar las tramas… y una banda sonora que ocupa el centro de la escena, donde también hay espacio para apuntes históricos, sociales y políticos que enriquecen el conjunto sin restarle ligereza.
La trama está dramatizada y no pretende ser literal, pero es sólida, al igual que la ambientación de la época. Esto crea una sensación de realismo en la que los temas sociales, los personajes y el choque entre la farándula y lo institucional se entrelazan de manera natural, logrando enganchar con una mezcla fresca y efectiva de humor y memoria sociológica del tardofranquismo.
En el reparto, todo encaja. Massiel, Serrat, Kaps, Fraga... construidos con inteligencia y buenas interpretaciones, sin caricatura excesiva ni caer en el biopic. Y lo que hay de caricaturización —al fin y al cabo, siendo una comedia ambientada en un contexto tan reconocible, algo tiene que haber— está bien traído, bien trabajado y con la medida justa.
Massiel (una fantástica Carolina Yuste) es un verso libre. Joan Manuel Serrat, mimetizado por Marcel Borràs, regresa del pasado. Patrick Criado se sitúa en el centro del relato y brilla con un papel protagonista como Esteban, un ejecutivo arribista de TVE que, al margen de una divertidísima química con Àlex Brendemühl —excelente como el excéntrico Kaps—, acaba convirtiéndose en un euro fan convencido.
Por ahí también aparece un Fraga en clave de comedia, al que un inspirado Mariano Peña saca muchísimo jugo. Y una fantástica Laia Manzanares encarna a Lucía, un personaje lleno de matices del que es imposible no enamorarse... En general, todas las interpretaciones cumplen con nota y rayan a gran altura, sosteniendo una propuesta sembrada de talento coral y un desparpajo maravilloso.
Una miniserie bien realizada, que apuesta por la memoria desde el tono amable y lo costumbrista, y gana gracias a su equilibrio entre entretenimiento y contexto. Se ve en un suspiro y es muy disfrutable. Ligera pero con sustancia, como una canción aquellas que se ponían en los guateques para bailar agarrado... o ye-yé, tanto da.



Comentaris
Publica un comentari a l'entrada